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28 de julio de 2011

SE VIVÍA EN CORRALES...(archivo:La Razón de Sevilla, el 3 de junio de 2007)


Hubo un tiempo en el que en Triana se vivía en corrales. Un tiempo en el que la ahora Pagés del Corro se dividía en la Cava de los Gitanos y la Cava de los Civiles y la calle Evangelista era la «de las escopetas». Una época de cocinas de carbón y de ramas secas que prendían en un fuego alrededor del que resguardarse del frío y, a ser posible, también del hambre, que «cuando Dios aprieta, ahoga pero bien». Una época en la que ver un automóvil por la calle era un acontecimiento que dejaba a los niños la boca abierta. Ayer. Un tiempo que «era otro tiempo».
Sobreviven pocos corrales de vecinos y aún menos vecinos que corrales. Nadie ha hecho balance de los recuerdos perdidos, pero «alguna nostalgia queda en los armarios». En cada casa de cada corral habitaban «siete u ocho personas», cuenta Agustín Corrientes, el último del de La Encarnación, al tiempo que se coloca unas gafas con montura sujeta con celofán, con el cristal rasgado por el paso de los días. Como la memoria. Como los corrales. «Aquí también nació Flores, el que jugó en el Sevilla y se fue al Granada, donde se casó con la hija del presidente. Y Alfonso Fernández, del Betis».
Corrientes se sienta en una silla de madera en el Corral del Cura con la mirada puesta en el patio, a la espera de que se culminen los trabajos de remodelación de su vivienda en unos seis meses. Entonces, ‘el Corrientes’ cuenta. Y habla de unos años de «bastante hambre y mucho paro, pero en los que nadie se quedaba sin comer». Del paso del tiempo y el adiós de un vecino y otro y otro después, arrastrado por la muerte, por la especulación inmobiliaria o «por la vida moderna», siempre con las maletas a medio llenar. «Mucha gente se fue en busca de un piso grande y después quiso volver» a la estrechez de la cercanía, a «la vida en conjunto», a la Triana pura.

Dinero y amenazas
«Las viviendas de los corrales de vecinos eran de alquiler» y para clases bajas, para la población sevillana
de oficios. Poco a poco fueron ofreciendo dinero para que la gente se fuera e, incluso, «amenazando a las personas». Al final, ayer, hoy, sólo han quedado tres familias. Los últimos del Corral de La Encarnación. Todos vinculados al apellido Corrientes, «sinónimo de la defensa de los corrales». «A la memoria de Eduardo Corrientes, presidente de Copavetria y trianero de honor, que nació, vivió y murió en un corral; ejemplo de lucha inquebrantable en defensa de los patios y corrales»,
Agustín Corrientes, sus hermanos Eduardo y José, y su primo Antonio han vivido siempre en Pagés del Corro 128
Los corrales, además de una forma de edificación sevillana, son un modelo de estilo de vida que se ha ido perdiendo con el tiempo. reza una placa dibujada en graffiti en la fachada de la casa de vecinos. Estos días han tirado pintura sobre el retrato y unos ocupas habitan el corral. Es la mancha del olvido.
El «viejo» Corrientes murió de un infarto en 2004 «cuando luchaba contra los intentos de desalojo». La relación de los Corrientes con los corrales se remonta a la llegada a Triana del abuelo Eduardo, que así le pusieron en la pila bautismal, aunque en todo el barrio era conocido como Baldomero. Murió en la pirotecnia. «Le explotó una bomba en las manos por salvar a unos generales en la época del Movimiento». Esa bomba, paradójicamente, le salvo la vida a Agustín y a sus hermanos. Su padre estaba condenado a muerte porque «la madre de la vieja del estanco de Pagés del Corro» lo acusó de quemar iglesias. Son recuerdos de ejecuciones a las puertas de un convento. «Una vez vi cómo mataban a cinco hijos y un padre. Decían que eran rojos». Eran los tiempos de la guerra, cuando los tercios de requetés y los presos fugados se escondían en los pozos del patio.

Supervivencia
Los sobrevivientes del Corral de La Encarnación son los hermanos Agustín, Eduardo y José y el primo Antonio Torre Corrientes. Les ofrecieron 15 millones de pesetas por dejar atrás un modo de vida; a Agustín y a su primo, 25 porque tenían una habitación más. A «a qué huelen las nubes», como el anuncio, le sonó la propuesta al Corrientes. Dijo no. «En el patio, cuando se inaugure, tengo prometido un busto de mi padre», cuenta orgulloso.
En los corrales de vecinos «se vive con un estilo antiguo, «hay más convivencia». La cercanía de haber compartido baño y cocina de carbón. La unión de celebrar comidas en conjunto, con «una candela alumbrado la madrugada y una olla de garbanzo con bacalao». «Muchas de estas cosas se han perdido», explica Agustín, «y se rumorea que van a poner un Mc- Donald en el terreno de un corral» . El pez moderno, en forma de BigMac, se come al pescaíto frito de la tradición, dejando al personal cara de payaso, de Ronald McDonald triste. La metafísica de la vida moderna. El corral de vecinos se convierte en pisos «de primeras calidades» y las gallinas que había en el patio devienen en McPollos.

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